lunes, 27 de junio de 2011

¿Sabían que el cerebro es nuestra principal zona erógena?

 Es indiscutible tanto a nivel bioquímico como a nivel de los pensamientos, las fantasías y de los procesos neurológicos, en especial el encéfalo junto a la médula espinal es donde se procesan todos los estímulos y sensaciones placenteras relacionadas con lo fisiología y función sexual, mezclándolos con lo cognitivo y emocional.
Eso quiere decir que, existen una serie de factores que inducen  anímicamente, psíquicamente, ambientalmente, una relación de pareja con “química común” a una búsqueda erótica satisfactoria.  Sin una adecuada confianza, deseo y cualidad de y hacia donde proviene esos  estímulos, más la confluencia de lo que procede de otros sentidos, cualquier contacto de estimulo sexual no producirá excitación.
Somos también cuerpos, además de cerebro/mente, emociones. La dinámica de la actividad sexual involucra a ambos, y a todos los sentidos. El cuerpo humano deviene en una especie de territorio por donde transita la experiencia erótica.
Es a través de nuestros propios “toques” que comienza el conocimiento de uno/ una  misma/o y de relación con otro. La piel, es nuestro órgano más grande, expuesto y erógeno de nuestro cuerpo, posee una superficie de unos 18000 cm2 y comprende alrededor de millón y medio de receptores sensitivos, se puede decir por tanto que la superficie dérmica es el órgano sensorial más extenso.
Sabemos de manera informal mas que formal que  las zonas erógenas son aquellas partes de nuestro cuerpo, sobre todo las más externas piel y mucosas (interior de la boca, vagina, ano), muy sensibles y especialmente capaces de proporcionar placer erótico o sexual al ser estimuladas con esa finalidad.
La particularidad de cada territorio corporal a la respuesta sexual no coincide para todas las personas. Para algunas, se circunscribe principalmente al área genital y a otras, prácticamente todo el cuerpo es una zona abierta a experimentarse como erógena. Además, todos y todas estamos condicionados por una especie de registro que nuestro cerebro/cuerpo guarda, de aquellas áreas que en la infancia, o en el pasado, nos hicieron sentir especialmente bien o no fueron nunca acariciadas o estimuladas, de lo cual podemos buscar la repetición o la evitación, inconscientemente.
Estos territorios corporales son especiales y susceptible a reaccionar a un   estímulo erótico, el cual probablemente derivará en un intercambio sexual. La piel tiene múltiples funciones como servir de capa protectora y transpirador (regula la temperatura corporal). No tiene mucho sentido decir que esto es algo aleatorio, cuando existen indicios de que la misma evolución ha destacado atributos y funcionalidades erótico-sexuales en los humanos, más allá del objetivo reproductor, clara y significativamente en comparación con otros primates. No sólo esta cualidad de la piel y mucosas, sino su aspecto y escasa vellosidad, el volumen de senos y nalgas en la mujer, la longitud y vistosidad del cabello también en la mujer, la capacidad de desear tener actividad sexual en cualquier época del año sin ciclos de celo concretos, o el tamaño y vistosidad de los genitales masculinos son ejemplos.
El mismo diseño o evolución biológica, probablemente, se ha enfocado hacia la potencialidad de vivir todo el cuerpo como erógeno, en especial su capa exterior o dérmica, provista de infinidad de receptores y transmisores nerviosos de sensaciones hacia el cerebro. Puede pensarse por tanto que todos poseemos tal potencialidad y que, quizás, no la desarrollamos del todo por condicionamientos represores culturales y psicológicos.
Cada vez más estudios de la sexualidad evolutiva concluyen que todo este realce de erogenicidad y sexualidad, confirma la posibilidad de que la sexualidad humana haya sido orientada evolutivamente no sólo hacia la reproducción, sino también hacia un componente lúdico, de placer que tiene por objetivo elementos de unión, apaciguamiento y conciliación entre la pareja humana que garantizan una estabilidad en todos los aspectos al cachorro humano, que por cierto es él que tarda mas en valerse por si mismo o alcanzar la autonomía hablando en términos puramente biologicistas..
Conocer la existencia de los territorios más placenteros  de estas zonas erógenas, así como la forma más adecuada de estimularlas o al menos y también la claramente inadecuada, tanto en uno/una  misma como en la otra persona o en el otro sexo, es importante para vivir satisfactoriamente una relación sexual. A menudo se define como un arte, y se llega a comparar al cuerpo humano con un instrumento que hay que aprender a tocar. Pero no debe tomarse como una cuestión meramente técnica. Estar demasiado pendiente de lo técnico, puede llegar a arruinar cualquier experiencia sexual, la cual es bueno que esté regida siempre por la espontaneidad y la creatividad (sentir y no pensar).
No hay que intentar estimular todas las zonas erógenas simultáneamente, lo que es imposible. Más que obsesionarse con ello, lo ideal es observar las reacciones de la otra persona a los estímulos que le proporcionamos, poner atención a las señales que nos envía, pedirle que lo verbalice o señale, e ir rectificando e innovando sobre la marcha, y con el tiempo ir creando una o, mejor, varias secuencias ideales de zonas a estimular. Si cada persona es un mundo, también lo es cada cuerpo.
En las sociedades llamadas occidentales o modernas, se destaca un tipo de cuerpos sobre otros, se estereotipa y se presupone unas formas por desgracia demasiado concretas y excluyentes de percibir y sentir a la otra persona, lo cual llega a penetrar en el ámbito de la sexualidad, empobreciendo dicho mundo erótico. Incluso el propio deseo sexual llega a estar mediado por esto. En los medios de comunicación  e información, en estas culturas consumistas, se condicionan  modelos de cuerpos con parámetros concretos de dimensiones, formas y tamaños, así como unas formas concretas de conductas para relacionarse e intercambiar estímulos placenteros con esos cuerpos ideales.
Esta continúa idealización lleva a la pérdida casi total del conocimiento corporal, tanto propio como ajeno con toda su diversidad, falta la contemplación de la desnudez real, autentica en los otros y, por qué no decirlo, de la visión real de otras personas relacionándose erótica y sexualmente, todo lo cual constituía en otros tiempos una fuente fundamental de conocimiento corporal y de desmitificación acerca de la sexualidad.
Una consecuencia grave de este empobrecimiento es que infravaloramos la propia capacidad para sentir o provocar deseo sexual, el cual es uno de los puntos clave que nos define como seres humanos, sentimos incomodidad frente a la intimidad, y nos convertimos a menudo en individuos neuróticos, obsesivos, impulsivos, retraídos o torpes, hipercríticos, en una búsqueda insaciable de la perfección y con ello haciéndole mucho daño a quien llegue a estar al lado y no cumple con esos parámetros.
 Finalmente  “sentir y no pensar”, "alimentar las fantasias sexuales" aceptar a nuestra pareja como es, la belleza está en la particularidad y no en la generalidad de los estereotipos que nos imponen.





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